Es absolutamente esencial que la iglesia se perciba a sí misma como una institución para la gloria de Dios. Cristo nunca tuvo la intención de que los líderes de la iglesia fueron elegidos por antigüedad, ni comprados con dinero ni que lo fueran por herencia. Nunca comparó a los líderes a una monarquía, más bien los comparó a pastores de ovejas muy humildes.

El plan del Señor para la iglesia

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